martes, 5 de abril de 2011

CRUZ DE CARAVACA DEVOCION E HISTORIA

La Cruz de Caravaca es un lignum crucis, es decir una reliquia de la Cruz en donde murió Cristo. Tiene forma de cruz bizantina de doble travesaño y su presencia en Caravaca se constata ya a finales del siglo XIII. En su historia encontramos dos partes claramente diferenciadas: la primera abarcaría desde su llegada a Caravaca hasta su desaparición como consecuencia de un robo en 1934 y la segunda desde 1942, fecha en que desde Italia se envía un nuevo lignum crucis, fabricándose para su guarda un relicario a imagen y semejanza del sustraído, hasta la actualidad.
   Sobre sus orígenes existen las más variadas teorías, siendo la mas difundida la narración legendaria que refiere su milagrosa aparición y que ya era conocida a fines de la edad media. Otras más modernas pretenden asignarle una procedencia anterior, situándola en la época visigoda, o atribuyéndosela a las diversas órdenes militares que poseyeron el territorio caravaqueño en la época medieval e, incluso, a determinados personajes influyentes que visitaron o residieron en nuestra ciudad. De todas ellas la más probable es la que sitúa su venida en el periodo en que Caravaca era el centro de una bailía templaria y que fueran estos caballeros los que la hicieran llegar desde oriente hasta Caravaca.
   Desde su advenimiento a Caravaca, la reliquia fue revestida de cualidades milagrosas y protectoras, por lo que se convirtió en el referente espiritual de los habitantes de la zona, recurriendo a ella en toda clase de necesidades y generándose en torno a ella unos cultos especiales que han permanecido a lo largo del tiempo, y que todavía se realizan en la actualidad en sus festividades y celebraciones.
   A diferencia de otros lignum crucis, consistentes en simples fragmentos de madera de mayor o menor tamaño, el de Caravaca tenía forma de cruz con dos brazos cuyas medidas según Robles Corbalán, en su libro publicado en 1615, eran: 17'72 ctms. de largo y 1'70 ctms. de ancho, el brazo superior de una longitud de 6'30 ctms. y el inferior de 9'40 ctms., describiéndola así: “Tiene de largo la Santisima Cruz de diez partes de vna quarta de nuestra vara.....las ocho; los braços largos de abaxo quatro partes y media; y los de arriba tres partes, y de grueso poco mas de media parte; su color es como de canela clara, y la madera muy solida”. Martín de Cuenca, otro célebre historiador caravaqueño que ocupaba el oficio de capellán de la Vera Cruz cuando se produjo el cambio de relicario en 1711, momento en que tuvo ocasión de examinarla con todo detalle, añade que estaba compuesta por 5 trozos y que tenía además pequeñas manchas de sangre: “vimos esta divina Cruz fuera de ambos engastes, y compuesta de cinco pedazos con diversas gotas de sangre en ellos, que uno y otro lo miramos con toda distinción y claridad”. Estas manchas de sangre, supuestamente identificadas con la de Cristo, también fueron observadas y comentadas por el ministro general de la Orden de los Hermanos Menores Capuchinos Bernardino de Arezzo en la visita que realizó en 1692 a Caravaca y que conocemos gracias a la narración plasmada por Filipo de Firenze.
   A finales del siglo XIX, el historiador local Quintín Bas efectúa una descripción de la Cruz que resulta un tanto desconcertante ya que, si bien coincide básicamente en las medidas dadas por Robles Corbalán (17 ctms. de alto, 6'5 ctms de largo el brazo superior y 9'5 ctms. el inferior), difiere mucho en el resto “El sagrado Madero tiene a la superficie un color castaño; en los puntos desgastados por el contacto de cruces, se ve un color semejante al boj. La figura es idéntica a la del armazón o engaste; brazos y asta son superficies planas, con los airosos remates a los extremos. Consta de ocho piezas, y son dos crucecitas en los centros de asta y brazos: dos piezas forman los extremos del asta, y otras cuatro el remate de los brazos o traversas. Parece que, siendo en su origen este Santo Madero una sola pieza, fue luego dividida en esos ocho fragmentos, para garantir mejor la solidez y regularidad del engaste o chapeado que lo recubre.”.
   En cuanto a la forma, tradicionalmente se ha estimado que el propio lignum crucis tenía la terminación lobulada que aparece en todas las representaciones iconográficas de la reliquia que se realizan a partir del siglo XVI, las más antigua de las cuales las encontramos en el retablo de Hernando de Llanos de 1530 y los grabados incluidos en el libro de Robles Corbalán, sin embargo la impronta dejada en la arqueta donada por el maestre santiaguista Alonso Suárez de Figueroa, que sirvió de relicario durante muchos años, parece indicar que en su origen tenía las terminaciones rectas teniendo un aspecto similar al que aparece representado en la parte superior de esta pieza de orfebrería.
   La Vera Cruz de Caravaca recibió culto inicialmente en una capilla habilitada en una de las torres de la fortaleza, iniciándose en 1617 la construcción de un nuevo templo situado en el mismo lugar que ocupaba el anterior castillo, que fue inaugurado el 3 de mayo de 1703. Solamente en dos ocasiones su culto se ha efectuado en otros lugares, durante las obras mencionadas en que se trasladó a la ermita de Santa María situada también intramuros de la fortaleza y también en la guerra de independencia en que se llevó a la Parroquia de El Salvador.
 Grabado del siglo XVII  Aunque se conservaba, como ya se ha dicho, en el interior del castillo, cuyos propietarios fueron según las épocas las ordenes militares del Temple y Santiago o señores laicos, el concejo era el legítimo patrono de la reliquia y de su capilla y por tanto, el único que podía disponer sobre ella. Para ejercer mejor su control decidió que se custodiara dentro de un sagrario con tres llaves, una que estaría en posesión del alcaide del castillo, otra del vicario y otra del Ayuntamiento. Todo esto hacía que existiese un gran desorden en su conservación por lo que el Ayuntamiento dictó diversos mandamientos que concluirían con la redacción de una ordenanza regulando su exhibición pública que fue confirmada por el rey Felipe II en 1578.
   La más antigua de estas disposiciones concejiles conocida está fechada en 1551 y prohíbe que se muestre la reliquia a quién no tuviese autorización del Ayuntamiento: “Lo primero platicaron sus mercedes sobre que muchas personas forasteras pasando por esta villa procuran conel señor Vicario e que les muestre la santisima Vera Cruz desta villa e se a mostrado a muchas personas que se avia de mostrar e para quitar el ynconviniente que dello viene se ordeno e mando que de aquí adelante no se muestre la santa Vera Cruz a persona alguna sin que primero para ello se junten eneste ayuntamiento los dichos señores vicario e todo el concejo para platicar sobre hello si conviene mostrarse a la persona que lo pidiere e que de otra manera no se pueda mostrar como es dicho”. Tres años más tarde, el 10 de septiembre de 1554, en vista de su escaso cumplimiento se tuvo que repetir el mandamiento advirtiendo que se impondrían multas a los que lo contraviniesen. La nueva ordenanza reducía su exhibición a “sus festividades y ferias de mayo y septiembre o en caso de eminente e repentina tempestad de piedras, raios y otras semejantes”, haciendo una excepción con las personas ilustres que tuviesen la correspondiente autorización del Concejo.
   Ni la referida ordenanza ni los innumerables mandamientos dictados posteriormente consiguieron que se reservase de manera conveniente por lo que en 1637 ordenó la colocación de una llave más en el sagrario que se guardaría en el archivo del Ayuntamiento. Unos años más tarde, en 1644, se reducen los días de exhibición pública de la Vera Cruz únicamente a los viernes. Todas estas disposiciones constatan el interés generado por la reliquia y la cantidad de visitantes que acudían con la intención de verla y rendirle culto.
   El Concejo de Caravaca, como reconocido patrono de la reliquia, siempre defendió sus prerrogativas frente a cualquier intento de injerencia por parte de las autoridades eclesiásticas y civiles, lo que se manifiesta de forma evidente en su declaración de 1618: “Dixeron que esta villa es Patrona dela Santisima Vera Cruz della sin que ningun juez ni prelado de ninguna calidad preheminençia ni dignidad que sea tenga derecho alguno en razon de visita ni de otra cosa”. Para su control y administración creó una mayordomía que a comienzos del siglo XVII se coaligó con la cofradía de la Cruz que ya existía previamente, institución esta última cuyo fin único era “mantener y propagar el culto a la Sagrada Reliquia”, tal y como manifiestan en sus mas antiguos estatutos, en los que también reconocen que el “Ayuntamiento de Caravaca es Patrono del Santuario de la Santísima Cruz, del Castillo y del Templete”.
   El culto a la Cruz de Caravaca se extendió notablemente a partir del siglo XVI por diversas zonas de Europa e Hispanoamérica, generando una serie de publicaciones en las que se narraba su extraordinaria aparición y los milagros que obraba. En 1793 la Sagrada Congregación de Ritos del Vaticano confirmó el culto de latría que se le tributaba y que la equiparaba con el Santísimo Sacramento. En 1848 la reina Isabel II concedió el título de Santuario Célebre al de la Vera Cruz de Caravaca, impidiendo de esa manera que sus bienes y efectos fueran incautados y enajenados por el estado.
   La desaparición de la reliquia en el mencionado robo de 1934 lejos de hacer disminuir la fe dio paso a una época de esplendor iniciada con la llegada de un nuevo lignum crucis y caracterizada por un incremento constante del número de integrantes de la cofradía encargada de su culto, culminando todo ello el 9 de enero de 1998 con la concesión perpetua de la celebración de un año jubilar cada siete y más recientemente con la declaración de basílica menor del templo donde se guarda y venera la patrona de nuestra ciudad.

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